Vivimos una sociedad “verdaderamente gerofóbica”, afirma el doctor en psicología Claudio García Pintos. El rechazo a la vejez hace que no veamos la realidad y el potencial de esa etapa de la vida. Algunos consejos para disfrutar cotidianeidad junto a nuestros queridos “viejos”.
Nunca es sencillo asomarse a temas que nos dan temor. Habitualmente optamos por mecanismos y medios más o menos conscientes o inconscientes, para evitarlos, negarlos, esconderlos, minimizarlos o aún ridiculizarlos.
Para nuestra cultura, verdaderamente gerofóbica, la vejez y los viejos forman parte de ese conjunto de temidos que preferimos evitar. Para ello se aducen argumentos que casi nunca alcanzan como para justificar esa precavida distancia respecto de lo temido.
Habría que revisar esa actitud... Los censos nos dan idea de la cantidad de ancianos que viven en nuestro medio. El mundo envejece. Según la última Encuesta Nacional de Hogares, en nuestra ciudad de Buenos Aires hay más mayores de 60 años (23%) que menores de 14 años (16%) Aquella "pirámide poblacional" que usaban los demógrafos para graficar una sociedad equilibrada se ha ido invirtiendo --silenciosa pero progresivamente-- y hoy nos encontramos que, sin alternativas, debemos convivir con "lo temido". En virtud de tomar conciencia de la magnitud de esta franja poblacional, últimamente se habla mucho de los viejos; pero, claro, lo único que se muestra de ellos son las caras desencajadas de los manifestantes solicitando un aumento de los haberes previsionales, la hostilidad que acompaña a veces algunos de esos reclamos, la circunstancia de ser víctimas indefensas de asaltos brutales, la vida de carencias a la que son obligados... Es decir, se habla mucho pero, ¿cómo se habla? Siempre de la misma manera, buscando movilizar la compasión, la piedad humillante. Mostrando la edad como la antesala del infierno o el infierno mismo.


